Todo miedo irracional tiene un precio
¿Crees que
es normal que esté pensando esto ahora? Necesito un cambio en mi vida. Llevaba
veinte años teniendo la idea clara de lo que era la felicidad, y ahora tengo la
estampa delante de mí y no me gusta. No me gusta la monotonía que me envuelve.
No me gusta que mi despertador suene todos los días a las 06:45. No me gusta
que mi comida siempre sea un tazón de espaguetis precalentados.
¿No crees
que esa absurda idea de la felicidad que tiene todo el mundo ha terminado
convirtiéndose en una falacia?
Puede ser,
me dije. Tengo el cerebro tan contaminado de las cosas que creía que me
gustaban que no soy capaz de ver otra cosa.
Intenté
hacer una lista de las cosas que quería cambiar en mi vida. Quizá hacer
puenting. O comprar una casa en la playa. Pero en cuanto terminé de escribir todas
las ilusiones que se tienen de niño pero que nunca se llegan a cumplir, un
sentimiento de temor se aferró a mí.
¿Y si dejo
mi casa y luego no puedo pagar otra hipoteca? ¿Y si empiezo a tocar la guitarra
y a nadie le gustan mis canciones? ¿Y si hago puenting y se me rompe la cuerda?
No podemos dejar que todo eso nos gane, que se apodere de nosotros, por eso, resumiría en este párrafo lo que significa para mí la vida:
Vivimos en un mundo acelerado, se vive deprisa y a nadie le gusta
sufrir, de modo que las inseguridades, los problemas de personalidad y de
relación, quedan enterrados en el día a día. Y el día a día acaba siendo tu vida.
La vida está hecha de partículas. Cada una de esas partículas nos hacen
tomar decisiones. Decisiones que van formando lo que somos. Pero no siempre hacemos lo que queremos, o
queremos lo que hacemos. Si pudieramos elegir los momentos que queremos de
nuestras vidas, no sería una vida. Lo que somos, las párticulas de las que
estamos hechos, desaparecerán algún dia, el día en el que el mundo decida, que
ya no somos parte de el.
Cristina Ruano Pérez.




















